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Ante
la noticia de la construcción del nuevo Centro para Transeúntes, se ha
creado en el barrio donde se va a construir una inquietud que, a nuestro
juicio es infundada y nace de prejuicios y de falta de información. El
solar ha sido ofrecido por el Ayuntamiento y él es y seguirá siendo el
propietario del mismo.
Mas como Cáritas
interparroquial se ha hecho cargo de la construcción y gestión, desea
informar, por su parte, de lo que es este centro y lo que significa. Así,
de paso, los cristianos de la ciudad pueden conocer que la caridad
eclesial, sin discriminación y sin proselitismo, se ejercita eficazmente
en favor de los pobres y marginados.
Se trata de un centro
de acogida para transeúntes. Todo Ayuntamiento, por ley, está obligado a
tener un lugar para acoger a estas personas que pasan por la ciudad sin
medios, los llamados “sin techo”. En este caso, el terreno lo cede el
Ayuntamiento sin perder la propiedad, pero construye Cáritas
Interparroquial con ayuda de Diputación Provincial, Autonomía y
Ayuntamiento. La razón de este compromiso de las Parroquias de la ciudad
es que pretendemos que la atención a estas personas no se limite a los
mínimos legales: una litera y un bocadillo. Deseamos que sea una acogida
fraterna, cálida, restauradora de fuerzas y, sobre todo, abierta a la
reinserción. Cáritas Diocesana ya tiene tres centros financiados por los
cristianos de toda la diócesis, con ayudas institucionales civiles
(Daimiel, Alcázar y Puertollano) donde se envía a los que superan la
primera etapa y logran estabilidad. Aquí se empieza ese proceso con
algunos de los que pasan.
Los transeúntes son personas que van de paso, de ciudad en ciudad, sin
detenerse en ninguna. Son los “sin techo”, los que no tienen donde
reclinar la cabeza. Duermen en la calle si no encuentran acogida; muchos
son víctimas de asaltos y palizas, no pocos mueren en los inviernos. No
son, salvo excepciones muy aisladas, personas problemáticas, sino
desintegradas. Huyen de sí mismos por problemas del pasado o por
incapacidad para una vida estable. Lo único que quieren es que los dejen
en paz, y lo único que piden es una cama en invierno, algo de comida,
ayuda para un billete de tren o de autobús. Cuando hay un problema
relativo a ellos, no son agresores sino víctimas; víctimas de adolescentes
o jóvenes de familias bien que se divierten apaleándolos o quemándolos con
grabación incluida. Cuando duermen en un parque o en un rincón, lo dejan
limpio porque es “su casa”, no como las pandillas nocturnas; recogen sus
cartones y emprenden su camino a otro lugar.
La construcción y puesta en marcha de un centro de transeúntes en un
barrio implica menos peligro y escándalo de que una discoteca o que el
botellón. Se puede preguntar en el lugar donde actualmente está ubicado, o
a la policía municipal. El nuevo centro de acogida será un magnífico
edificio y contará con una parte para promover la reintegración (talleres,
etc.) de los que quieren salir de esa situación. Al frente del centro
siempre hubo religiosas, que nunca tuvieron que sufrir amenazas,
agresiones, ni nada parecido; actualmente lo dirigen profesionales
competentes y voluntarios cristianos de todas las parroquias. Ellos pueden
testificar en este sentido.
La amenaza para la seguridad ciudadana no viene de las personas rotas,
sino de quienes no lo parecen y lo están. O, sobre todo, de las causas
sociales que provocan y facilitan esas situaciones de fracaso personal:
rupturas familiares, paro, alcohol, etc. El acoger a las personas no
integradas socialmente, lejos de aumentar la inseguridad ciudadana, es un
modo de evitar gente descontrolada y en progresivo deterioro. Sin estos
centros, gestionados por consagrados, profesionales y voluntarios, la
violencia y la peligrosidad crecerán en las ciudades. Son un gran servicio
para la mejor convivencia y seguridad de los ciudadanos.
Finalmente: no hemos empezado hablando de la dignidad del pobre porque
queríamos, sobre todo, informar contra prejuicios infundados. Pero si nos
escuchan cristianos o, simplemente, personas generosas, este es el punto
clave: una ciudad, para ser humana, necesita instituciones que sanen y
curen, o al menos, integren, a las personas enfermas socialmente. ¡A medio
plazo son las ciudades más seguras y pacíficas! Los marginados sociales
siguen siendo personas, y no han perdido su dignidad de hijos de Dios. Un
día alguno de esos transeúntes puede ser un hijo nuestro o un hermano o un
cónyuge. El centro también es una oportunidad para que hombres y mujeres
del barrio, acudan algún día como voluntarios a ayudar; hoy lo hacen
muchas personas. Incluso para los hijos,
el tener cerca el sufrimiento visible y el acercarse y ayudar también
puede ser un modo de acercarse a Dios, de educarse como personas buenas y
el vacunarse contra estas enfermedades sociales.
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